REFLEXIONES EDUCATIVAS, revista que fue…

REFLEXIONES EDUCATIVAS es otra de las publicaciones que tuvieron una existencia efímera, reducida a un par de números en el año 1981. En este caso se trató de una revista dirigida fundamentalmente a las familias con el objeto de “darles a conocer la institución”, los objetivos que pretende alcanzar con el alumnado, la metodología de trabajo, los resultados que se van obteniendo, los obstáculos encontrados y los proyectos de futuro. También iba dirigida al alumnado pretendiendo ser un cauce de diálogo, de participación y de mutua ayuda.

A lo largo de sus más de cincuenta años de historia el IES Emilio Muñoz ha sido prolijo en este tipo de iniciativas, aunque de manera intermitente. La prensa escolar, bien en formato de periódico o de revista, tuvo presencia en el Instituto de Cogollos Vega desde su segundo curso de funcionamiento, 1969-1970, con un Club de prensa, donde se elaboró un periódico mural del Centro y un periódico editado a multicopista. Ya al comienzo de la década de los ochenta, en paralelo a la publicación de REFLEXIONES EDUCATIVAS, también se editó un periódico-mural a cargo de los alumnos y alumnas del centro bajo el nombre de EL TABLÓN. Se trató de una publicación diaria en la que ellos mismos exponían sus inquietudes, cabreos y aspiraciones,… que formaban un maravilloso cóctel junto al menú del día, anuncios, actividades complementarias y extraescolares, humor, dibujos,… Un año más tarde, allá por el curso 1982-1983, vio la luz la segunda revista del Instituto Emilio Muñoz, La Voz del Peñón se llamó. Poco después apareció TRAVESAÑO (1984-1988), y en los años noventa Cogollos Express.

Para finalizar esta breve reseña histórica me ha parecido oportuno hacerlo con la transcripción de uno de los artículos del nº 1 de REFLEXIONES EDUCATIVAS (abril de 1981). Curioso y entretenido a más no poder. Ahí va…

NUESTRO “SANATORIAL” INSTITUTO-INTERNADO

Excelencias y deficiencias (apunte del natural)

Por Gonzalo Martín Vivaldi. Catedrático de Francés del INB Emilio Muñoz.

A ciertas personas “los árboles no les dejan ver el bosque”. A mí, personalmente, nuestro Instituto –en determinados momentos y posturas—no me deja ver el paisaje. Su imponente mole, no se recorta sobre los montes vecinos: literalmente, los tapa.

Recuerdo ahora que el día de mi llegada a este Liceo, sólo salieron o brotaron de mi boca dos palabras: “¡Qué barbaridad!”. En efecto, (que dicen los doctos), arquitectónicamente, nuestro Instituto es bárbaro en el más puro y etimológico sentido de la palabra: barbarus hic ego sum

No se me oculta (expresión un tanto redicha) que este edificio fue proyectado y concebido para sanatorio antituberculoso. Después –por obra y gracia de la estreptomicina, por escasez de huéspedes o pupilos más o menos tísicos- se transfiguró en centro docente de Enseñanza Media. Pero lo cortés no quita lo valiente: quiero decir que lo antituberculoso, ni mucho menos lo “sanatorial”, eximen de responsabilidad estética. No hay que ser un experto en la materia para deducir, concluir o, simplemente, intuir que, en la construcción de este macizo templo sanitario (hoy co0nsagrado a Palas Atenea), no intervinieron ni Le Corbusier ni Gaudí. Lo construyó o diseñó, quienquiera que fuese, con mente colosal, desmesurada, bárbara, extranjera, extraña al paisaje que lo rodea.

Pero como no es cosa de echarlo abajo –de dinamitarlo-, dejémoslo como está: como inmensa mole de piedra y cemento, cual desaforado monasterio-columbario erguido entre la indomable aspereza roqueña del Peñón de la Mata, telón de fondo al norte, a la indudable belleza de monte bajo y valles que lo envuelven: tierras ocres o rojizas, moteadas por el contrapunto verdigris de los olivos o por la gracia sencilla de los cimbreantes chopos.

Ya dentro del Instituto (espacioso, luminoso, limpio… de pintadas), “el alma se serena, -Salinas, cuando suena”… el quebrado silencio de los campos. La vista y el oído descansan en este grato entorno campestre. Y ya, bucólicamente embalado, ¿qué decir de las puestas de sol que, al atardecer, terminadas las clases, nos ofrece Natura a profesores y alumnos como plástico sedante para nuestro natural cansancio? Son puestas de sol indescriptibles de puro contemplables. La pluma falla y el pincel queda en suspenso, incapaz de…

Para el profesor que lo fue muchos años en Madrid, que dio sus clases en aulas apabulladas por el fragor constante de la urbe (bocinas, motores, “claxonnades”, petardeos de motos, aullidos de sirenas), ahora, frente a los olivares que contempla a través del ventanal de su clase, oyendo a veces el lejano ladrido de un perro y adivinando otras el rumor de las aguas que rompen entre los bancales, digo que este modesto profesor (aprendiz de jilguero silvestre) se siente reconfortado, casi diría redimido de su diaria y esforzada lucha para conseguir de sus alumnos la racialmente inalcanzable articulación de la lengua de Molière.

A pesar, pues, de su abrumadora arquitectura, este Instituto podría ser uno de los mejores (si no el mejor) Instituto-Internado de España. Condiciones naturales no le faltan: el aire es tan puro como tonificante; me atrevería a decir, con permiso de los doctores, que antianémico. A mil metros de altura, sin ruidos, sin contaminación,…”¿no es verdad, ángel de amor—que en esta apartada orilla”—más fácil la ciencia brilla – y que se estudia mejor?

Por no faltarle nada, tiene –en estos tiempos de pertinaces sequías posfranquistas— hasta su propio manantial de agua fresca, limpia, transparente.

Nuestro Instituto, en suma, fue y sigue siendo un sanatorio para el cuerpo y el espíritu. Y podría llegar a ser primus inter pares si contara, “razón de amor” (Pedro Salinas) con la ayuda económica y empuje administrativo que urgentemente necesita. Sobre todo en los meses del crudo invierno, cuando la calefacción, de tan sutil, apenas si se nota; cuando profesores y alumnos hemos de calentarnos sirviéndonos… de nuestra propia calefacción animal (con perdón). Quien más quien menos, en los duros días invernales, asiste en sus clases embutido en chaquetón de lana y piel y calzado con gruesas botas montañeras. Hay momentos en que pasillos, aulas y hasta sala de profesores, más que conjunto de alumnos y maestros, parecen asamblea de lapones prestos a la caza de focas.

Así las cosas, se dice, se oye decir, se rumorea en este Instituto, por su no suficiente número de alumnos internos, “puede desaparecer”. Y sería una lástima. Como el sinsabor de un empeño frustrado. Ya lo dijo el poeta:

“Lo que pudo y no ha sido

                        fue ya en cierta manera

                        de ausencia y de dolor…”

Lo que, perfectamente cantado por Federico García Lorca, suena así:

“Las cosas que se van

No vuelven nunca,

Todo el mundo lo sabe,

Y entre el claro gentío de los vientos

Es inútil quejarse.

¿Vedad, chopo, maestro de la brisa?

¡Es inútil quejarse!”

Porque ya en Primavera, cuando el sol se hace hierba –verde césped— en nuestra explanada, en nuestro “campus preuniversitario”, volvemos, retornamos al más puro aticismo: profesores hay que explican sus lecciones al aire libre, bajo el artesonado azul cobalto de este Pago de Catacena. Y así el duro aprender y el difícil enseñar se suavizan con el airecillo que, a pocos metros, mece levemente las ojivales hojas de los olivos montaraces.

La estampa descrita presta sana euforia a docentes y discentes… si no fuera (o fuese) porque, para llegar hasta aquí, desde Granada, hay que pechar, día tras día, con catorce kilómetros de escueta carretera comarcal, en cuyas curvas antiperaltadas derrapa más de un despistado, desfallece más de una vocación y se malogra más de un lírico piropo…

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